martes, 22 de mayo de 2018

ARGUMENTO DE LA CASA DE BERNARDA ALBA / FEDERICO GARCÍA LORCA



ACTO I.
El espacio donde se representa es la casa de Bernarda. La época es el verano. Se oyen doblar las campanas. Es por la mañana, en torno a las doce.
La Poncia cuenta a otra criada parte de la ceremonia religiosa que se está celebrando en la iglesia por el difunto marido de Bernarda, la dueña de la casa. Ella va y viene de la iglesia a casa para supervisar la preparación del recibimiento que se ha de dar a los vecinos después de la misa.
La Poncia, mientras se come una tajada de longaniza, despotrica contra su ama por considerarla despótica. Aprovecha su ausencia para permitir que la otra criada le robe un puñado de garbanzos.
Pero no están solas. Encerrada en el desván se encuentra la abuela, una persona con demencia senil. Han de tener mucho cuidado para que no huya pues es especialmente habilidosa para abrir la puerta.
Por su conversación sabemos también la relación familiar de Bernarda. Al entierro no han venido los familiares del difunto, solo los suyos. Además, Bernarda vive aislada en su casa, sin permitir que los vecinos entren. Antes, cuando vivía su padre, era una casa abierta.
La relación de ama y criada es larga: más de treinta años lleva a su servicio, aguantándola porque dos de sus hijos casados trabajan para ella en sus campos.
Poncia informa a la otra criada (y al lector) de la situación poca envidiable de la familia; a pesar de la importancia que se dan, la realidad es que la única de las cinco hijas que tiene dinero es Angustias, hija del primer marido de Bernarda. Las demás, poco dinero tienen.
Cuando Poncia va a la iglesia a oír los últimos responsos, la criada también se desahoga maldiciendo al muerto por todo el sufrimiento que padeció a consecuencia del acoso sexual al que el marido de Bernarda, Antonio María Benavides, la sometía. Sin embargo, cuando los vecinos entran en casa después de misa, se a lamenta falsamente del dolor que le ha causado su muerte.
Los vecinos acuden al refrigerio que Bernarda ofrece. Los hombres pasan al corral; a la casa, las mujeres. Bernarda reparte órdenes a criadas e impone su autoridad entre las mujeres. En la reunión de mujeres alguien comenta que entre los hombres se encuentra Pepe el Romano, pero Bernarda se niega a aceptar su presencia.
Cuando Bernarda no puede oír, algunos la insultan y demuestran el odio que sienten hacia ella. Para acabar con el agasajo, la viuda entona un responso al que contestan las vecinas. Los hombres aportan algo de dinero, que Poncia entrega a su ama, para que ésta encargue responsos para su marido. Lo agradece y ordena que les ofrezcan una copa de aguardiente.
Cuando salen las mujeres, Magdalena solloza y su madre, golpeando con el bastón en el suelo, la manda callar.
Poncia pondera la cantidad de personas que han acudido al funeral y la posterior recepción, pero a Bernarda lo que le interesa es que todo haya acabado y que hayan salido de su casa. A partir de ese momento, impone un luto riguroso de ocho años en los cuales las hijas no podrán salir de casa y se dedicarán a preparar su ajuar matrimonial. Decisión que no gusta a Magdalena, porque ella sabe que no se casará y no le gustan esas tareas; sin embargo, su madre, sin piedad, le recuerda que esas son las ocupaciones de las mujeres y que ahora le toca obedecer y no buscar la protección de su padre muerto.
La voz de la abuela llega desde el desván. La criada encargada de impedir que saliera y que no se notara su presencia durante la recepción de los vecinos, refiere los esfuerzos para retenerla durante ese tiempo. También que se ha adornado con sus joyas con el deseo de contraer matrimonio. Su hija accede a que la saquen a que la dé el aire en el corral, pero con la precaución de que no se coloque cerca del pozo, lugar desde donde la pueden ver los vecinos.
Del grupo de hijas, Bernarda echa en falta a Angustias. Adela le dice que estaba en el corral acechando la conversación de los hombres. La madre se enfada tanto con una como con la otra por rondar a los hombres, pues se supone que Adela ha ido al corral a lo mismo que su hermana mayor. Cuando llega ésta a su presencia, la madre la va a golpear con el bastón, pero se lo impide La Poncia. Esta cuenta a su ama una conversación de los hombres, que habían oído sus hijas; se refería al rapto de una mujer casada, Paca la Roseta, forastera, al igual que los hombres que la raptaron que, después de reducir al marido, se la llevaron a un olivar donde organizaron una orgía que duró hasta la mañana siguiente cuando la devolvieron a casa contenta y con cara de satisfacción.
La conversación entre ama y criada vira hacia la situación de Angustias, su hija mayor, que con 39 años nunca ha tenido un novio por no encontrar su madre para ella un hombre en todo el entorno de su condición social. Amelia y Martirio se quedan solas y comentan la poca ilusión con la que viven. Comentan que una tal Adelaida no ha acudido a los funerales. Achacan la causa a que su marido tal vez no la haya dejado acudir, despotricando contra la falta de libertad de las mujeres casadas sometidas al marido, por lo que dudan de si es mejor contraer matrimonio o permanecer solteras. Sin embargo, comentan que también es posible que no haya asistido por miedo a su madre, al ser ella la única que conoce la procedencia del patrimonio de su abuelo. Este parece que mató en Cuba al marido de su primera mujer a la que luego abandonó en España cuando regresaron, y se fue con otra que tenía una hija, para a su vez tener relaciones con esta muchacha, la madre de Adelaida, con la que se casó después de haber muerto loca la segunda mujer. [Relato oscuro, pag. 12] Comentando esto se sorprenden de que tal comportamiento no tuviera castigo, achacándolo a que los hombres se tapan unos a los otros. El desprecio que sienten por los hombres, especialmente en el caso de Martirio, se manifiesta en su negativa a contraer matrimonio. Sin embargo, Amelia le recuerda a su hermana que tuvo un pretendiente llamado Enrique Humanes. Martirio reconoce que algo hubo, pero, en definitiva, no acudió a la primera cita con ella y acabó casándose con otra más rica.
A la conversación de las dos se une Magdalena, que se presenta con la misma apatía vital de ellas: lleva los cordones desatados y no tiene miedo de caerse y matarse. Les pregunta que si no se han enterado de que Pepe el Romano ya rondó la noche anterior a Angustias y que se rumorea de que pronto mandará un emisario para pedir su mano. Las tres, aunque hipócritamente no lo digan, piensan que ese hombre, de 25 años, lo que busca es la herencia de su hermana.
A las tres, se suma Adela, con un vestido verde cosido por su hermana Magdalena que pensaba estrenar para su cumpleaños. Viene de lucirlo en el corral delante de las gallinas. Cuando le dicen que Pepe el Romano ha pedido la mano de Angustias se sorprende. No acaba de pronunciar, pero parece que va a decir: pero si ese hombre me ronda a mí. Le parece imposible una traición. En esto, una criada les anuncia que ese mozo va a pasar por la calle. Amelia, Magdalena y Martirio se apresuran para ir a espiar su paso por la calle. Aunque Adela duda en moverse, al final también se va a su cuarto para verlo pasar desde allí.
Mientras salen a escena Bernarda y La Poncia comentando el mucho dinero que va heredar Angustias y qué poco el resto de sus hermanas. Aparece Angustias con la cara empolvada y su madre la va a reñir por la poca consideración al luto que acaba de comenzar, pero ella alegará que el muerto no era su padre. Su madre, furiosa, con un pañuelo le quitará los polvos del rostro, momento en el que se incorporan las otras hermanas, que reprochan a Angustias su riqueza. La madre impone la paz. En ese momento, María Josefa aparece en escena con flores en la cabeza y en el pecho; tiene una actitud jovial y divertida. Bernarda, abochornada, reñirá a la criada por haberla dejado salir de la habitación donde estaba encerrada. La abuela pide todas sus pertenencias a la hija, pues no quiere que ninguna de sus nietas herede nada de ella, porque sabe que no se casarán. Ella sí desea casarse con un forastero, pues los hombres de ese pueblo huyen de las mujeres.


ACTO II.
Ha pasado cierto tiempo desde la muerte del padre. La acción se desarrolla en una habitación blanca del interior de la casa. Las puertas de la izquierda dan a los dormitorios. Las hijas de Bernarda están sentadas en sillas bajas, cosiendo, excepto Adela, que se encuentra en su habitación. Magdalena borda. Con ellas está La Poncia. Están preparando su ajuar. Angustias se da cuenta de la envidia que despierta entre sus hermanas y está muy agresiva. Hablan entre ellas del calor de la noche anterior que les impidió dormir. Por esta razón, Poncia comenta que vio a Pepe alrededor de las cuatro de la madrugada en la ventana de Angustias, pero esta lo niega, pues a ella la dejó a la una y media. Este hecho levanta las primeras sospechas sobre esta relación. A este propósito, Angustias relata la forma en la que Pepe le pidió la mano: una ceremonia un tanto fría y formal, en contraposición al modo apasionado con que el marido de La Poncia, Evaristo el Colorín, la solicitó. Esta comenta que su marido fue bueno, que le dio por criar pájaros, y que siempre lo tuvo dominado y que en alguna ocasión hasta le llegó a pegar y hasta matar todos los pájaros que criaba. Tan animada está la conversación, que sienten que Adela se la pierda. La llaman. Aparece con mala cara, como de no dormir. Les pide que la dejen en paz. Poncia le pregunta de dónde procede ese mal humor advirtiéndole que no se vea en secreto con el novio de su hermana Angustias, pero la más pequeña de las hermanas la desafía.
La conversación continúa entre las hermanas resaltando la labor que cada una realiza con su ajuar.  A Martirio le gustan los encajes de su ropa interior. Poncia resalta que cuando Angustias tenga niños, esos encajes los tendrán que coser a las ropas de los bebés, pero ninguna muestra disposición para confeccionar ropa para niños ajenos.
Mientras cosen, oyen los campanillos de los segadores que, con todo el calor, salen hacia los campos a recolectar el cereal. Van cantando llenos de vitalidad y las hermanas, que los observan a escondidas, sienten, algunas, envidia de la libertad de ellos, sobre todo Adela; y otras, temor por su carácter desafiante. 
Martirio le pregunta a Amelia si no oye por las noches barullo en el corral. La hermana responde que duerme muy bien, pero si realmente es así, le responde que deberían dar cuenta a su madre, pero Martirio le pide que de momento no comente nada.
En esto aparece exaltada Angustias preguntando quién le había cogido el retrato de su prometido. Nadie sabe nada, pero La Poncia lo descubre entre las sábanas de la cama de Martirio. Bernarda la golpea con el bastón. La ladrona intenta disculparse diciendo que solo lo había hurtado para gastar una broma; sin embargo, Adela le acusa de sustraerlo por otras razones que le pide que exprese con sinceridad. Martirio también está a punto de contar lo que sabe de la relación de ella con Pepe, mas se contiene. Unas a otras se echan en cara lo que normalmente se callan: que Pepe se va a casar con Angustias por su riqueza. Bernarda intenta imponer su autoridad.
Se quedan solas Bernarda y Poncia y la criada pide permiso para hablar. Le dice que su hija mayor debería casarse cuanto antes para que ese hombre se aleje de casa y así evitar que vuelvan a ocurrir problemas de este tipo. La criada aprovechará esta conversación para insinuar lo que está ocurriendo en casa, pero Bernarda no termina de creerla del todo porque piensa que, al ser criada, tiende a la mentira y al malmeter. Se sorprende de que haya sido precisamente Martirio la que ha escondido el retrato. Sin embargo, la criada le recuerda que es una chica enamoradiza. Le pregunta las razones por las cuales no permitió su noviazgo con Enrique Humanes al prohibirle que se acercara a casa la primera noche que la iba a rondar. La razón es que Bernarda no podía permitir un enlace tan desigual, pues el padre del muchacho fue gañán. La criada intenta que su ama sea comprensiva con sus hijas, que entienda que ese matrimonio no es natural, que lo más normal es que el novio hubiera solicitado a la propia Martirio, o Adela. Poncia intenta que Bernarda se percate de que ésta es la que está en verdadero peligro, pero no lo consigue. Rápidamente la señora pone en su lugar a la criada recordándole la condición de prostituta de su madre. Con todo, Bernarda lo intenta una última vez abrir los ojos a Bernada al comentar que su hijo, cuando salía al campo, se ha encontrado a Pepe el Romano a las cuatro y media de la mañana. Esto lo oye Angustias que se incorpora. La novia lo niega, ya que a ella la deja a la una; Martirio, en ese momento también presente, dice que ella misma los ha oído hablar en la ventana del callejón a las cuatro. La novia dice que no puede ser, porque ellos se ven por la ventana de su habitación. Adela, recién aparecida, también quita importancia a estos detalles. Bernarda interrumpe la conversación asegurando que a partir de ese momento vigilará las veinticuatro horas del día para controlar todo lo que sucede en casa.
En esos momentos se oye el griterío de una multitud en la calle y acuden a las ventanas a ver qué ocurre, aunque Bernarda se enfada y las manda al patio. En escena se quedan Martirio y Adela que se echan en cara su conducta. Martirio ha visto cómo Adela es abrazada por Pepe y le pide que no continúe la relación, mas la pequeña le asegura que ya no se puede controlar, que se siente arrastrada por él.
Poncia informa de lo que pasa en la calle. Los vecinos han descubierto que la hija de la Librada, la soltera, tuvo un hijo con alguien desconocido y para ocultar su vergüenza lo mató y lo metió debajo de unas piedras; pero unos perros lo sacaron y lo han depositado en su puerta. Por eso los hombres la quieren matar. Bernarda y Martirio jalean a la multitud para que la linchen; en cambio, Adela pide clemencia para ella.

ACTO III
La acción transcurre en el patio interior de la casa de Bernarda. Es de noche. Bernarda y sus hijas cenan alrededor de una mesa iluminada por un quinqué. La Poncia las sirve. Prudencia, una amiga de la familia, lleva ya un rato haciéndoles compañía. Ella, al igual que su marido, hacía tiempo que no acudían a ver a Bernarda. Esta le pregunta por él y la mujer le cuenta que desde que se peleó con sus hermanos por la herencia, no había vuelto a salir por la puerta de la calle, sino saltando las tapias del corral. Prudencia sufre lo indecible porque además su marido no se habla con la única hija que tienen por desobedecer ésta. A Bernarda le parece correcta la actitud del hombre.
Mientras conversan oyen el fuerte golpe de un caballo garañón (semental) que se mueve inquieto en el establo porque barrunta a las potras que cubrirá a la mañana siguiente. Para evitar males mayores, Bernarda ordena que lo suelten al corral con las patas trabadas. Prudencia se alegra de la prosperidad económica de su amiga, dueña de la mejor manada de caballos de los contornos.
La vecina pregunta por la boda de Angustias y le informan que la petición mano se celebrará dentro de tres días. En ese momento, Magdalena derrama el salero, signo de mala suerte. Otra señal de mal augurio es que el anillo que le ha regalado el novio a Angustias contiene tres perlas, que Prudencia relaciona con tres lágrimas, o con llanto. Adela piensa igual: los anillos de pedida deben ser de diamantes. Poncia pondera también el precio elevado que Bernarda ha invertido en la compra de muebles para su hija.
Cuando Prudencia se marcha, las hermanas van a dar un paseo por el corral y se quedan Angustias y su madre hablando. La hija teme que su prometido la tenga engañada; lo ve muy distraído cuando está con ella y tampoco le da explicaciones de lo que le pasa. Su madre le recomienda que no indague e, incluso, una vez casada que nunca le pregunte y que hable cuando él se lo diga. Tampoco debe verla llorar. No obstante, Angustias sospecha que ese hombre le oculta secretos, por esta razón no está contenta con la boda. Antes de irse a dormir, Angustias comunica que esa noche no se encontrará con Pepe, porque ha ido con su madre a la capital.
La noche está oscura y las estrellas lucen en el firmamento. Todas muestran su deseo de acostarse, menos Adela, que ve la noche tan hermosa que le gustaría quedarse hasta muy tarde para disfrutar. Sin embargo, su madre le manda que se acueste.
Cuando todas sus hijas se han retirado, Bernarda disfruta del silencio. Sale Poncia y le desafía a  que, en ese remanso de paz, le diga dónde ve el peligro. La criada se escabulle recomendándole que no esté tan tranquila, pero ella asegura que esa noche dormirá despreocupada y ordenando a la criada que no hace falta que la llame a ninguna hora.
Cuando se aleja, La Poncia y otra criada hablan de la situación de tensión en la casa. Su ama no sabe lo que hay en el corazón de sus hijas y de lo que son capaces de hacer por un hombre. La relación de Pepe con Adela no es de ahora, sino que hace un año ya mantuvieron contacto. Poncia sabe que se ven, mas ella ya ha intentado que Bernarda abriera los ojos y lo que pueda suceder en el futuro, ya no es de su incumbencia. Está segura de que algo va a ocurrir; todas las hermanas están en vilo, especialmente Martirio, que es capaz de cualquier cosa sabiendo que ese hombre no va a ser suyo.
La criada y Poncia oyen ladrar a los perros. Sale Adela con la excusa de que tiene sed.
Aparece en escena María Josefa con una oveja en brazos a la que dedica un poema como si el animal fuera su amante. Se retira un momento y entra Adela. Mira a un lado y otro con sigilo, y desaparece por la puerta del corral. Sale Martirio por otra puerta y queda en angustioso acecho en el centro del patio. Va en enaguas, al igual que Adela, y se cubre con un pequeño mantón negro. Vuelve a salir María Josefa. Martirio se sorprende de verla allí y le manda a acostarse. Antes de retirarse la abuela le dice que ella no tendrá hijos y que todas ellas están enamoradas de Pepe el Romano.
Cuando la abuela entra en casa, Martirio se acercará a la puerta del corral por la que acaba de salir su hermana para llamarla. Adela vuelve con el pelo despeinado y Martirio, muerta de celos de su hermana pequeña, reconocerá que ella también ama a ese hombre. Adela también le confesará que es la amante de Pepe. Adela quiere consolarla, pero la otra no se deja: la ve como una rival. En esa tesitura, Adela, sin compasión, le dice que ella continuará con ese hombre, aunque contraiga matrimonio con Angustias. En eso, oyen un silbido y Adela se dirige otra vez a la puerta del corral y su hermana intenta retenerla para que no salga. Como no puede con ella, vocea. Aparece Bernarda. Sale en enaguas con un mantón negro. Al oír las acusaciones de Martirio, se acercará a Adela para castigarla con su bastón. La joven se lo quita y la madre, colérica, busca la escopeta. Todas las hermanas están en el patio, al igual que Poncia y la criada. Ante ellas, Adela, desafiante, les confiesa que es la amante de Pepe. Angustias pide a su madre que saque la escopeta e intenta sujetar a Adela para que no vaya donde se encuentra Pepe. De repente, se oye un disparo. Martirio dice que han matado a Pepe, aunque Bernarda la corrige al afirmar que había fallado el tiro por su mala puntería. La Poncia pregunta a Martirio por qué ha dicho que ha muerto, sin no es así. La respuesta justificativa que ofrece Martirio es que deseaba impedir que Adela se reuniera con su amante. En esto oyen un golpe seco en su habitación. Mientras tanto los vecinos se han levantado. Bernarda, bajando la voz, ordena abrir la puerta de la habitación de su hija. Poncia entra y ve ahorcada a Adela. La madre manda a todas que dejen de llorar advirtiéndoles que antes los vecinos presentarán esa muerte como el de una muchacha virgen, sin que se supiera que había mantenido una relación con el novio de su hermana. La última palabra será la primera que oímos pronunciar a Bernarda al inicio de la obra cuando llegan del funeral en la iglesia: silencio.

           


ARGUMENTO DE RÉQUIEM POR UN CAMPESINO ESPAÑOL / RAMÓN J. SENDER.


(La numeración siguiente, distinguiendo las secuencias, corresponde a la edición décima, en enero de 2004, de la novela en la editorial Destino).
7 SECUENCIA DEL PRESENTE.
Mosén Millán, sentado en un sillón de la sacristía, reza mientras llega la hora de misa. El monaguillo entra y sale de ella. Esta daba al jardín de la abadía, de donde llegaba el sonido de alguien barriendo. También oye relinchar a un potro, que había pertenecido al difunto Paco el del Molino, que vagaba suelto desde su muerte. El automatismo adquirido durante cincuenta y un año de ejercicio sacerdotal, le permitían rezar y poner la mente al mismo tiempo en otra parte. Esperaba impaciente la llegada de sus feligreses a la misa de réquiem[1] por el difunto Paco, muerto un año antes. Creía que acudirían la familia y muchos vecinos, pues eran queridos por todo el pueblo, excepto por las tres familias ricas del pueblo: las familias de don Valeriano, don Gumersindo y la de don Cástulo. Pregunta a su auxiliar si ya ha llegado alguien porque está inquieto. La respuesta del monaguillo siempre es negativa. El religioso piensa que es pronto y que los campesinos están inmersos en la trilla y dejarán sus tareas en el último momento.
El monaguillo, mientras entra y sale, recita fragmentos de un romance que el pueblo ha compuesto reconstruyendo la muerte de Paco el del Molino. Él fue testigo de esos hechos trágicos ya que acompañó al sacerdote en el coche del señor Cástulo a socorrer espiritualmente a los condenados a muerte.
Viéndose lo gastados que se encontraban sus zapatos, Mosén Millán pensó que debería mandar componerlos al nuevo zapatero. El anterior era ateo y muy amigo de Paco, pero tenía la deferencia con él de cobrarle menos por los arreglos.

11 SECUENCIA DEL PASADO.
Recuerda el bautizo de Paco una fría mañana de primavera. Presentaron al niño vestido con prendas lujosas para un campesino, pero, en reflexión del padre espiritual, la gente humilde deja las mejores galas para las ceremonias religiosas. Después del bautizo, el cura acudió a la casa de la familia para participar en el convite. Vio a la madre orgullosa junto a su hijo y a su padre fanfarroneando de su paternidad. Allí también hallo a Jerónima, la partera y saludadora del pueblo, que cuidaba a la recién parida y al niño: a una le traía un caldo de gallina y un vaso de moscatel y al niño le cambiaba los vendajes del ombligo. La mesa de la comida fue presidida por el padre a un lado y Mosén Millán en el otro. De todas las viandas, el cura se reservaba para las perdices estofadas, su plato preferido.
16 SECUENCIA DEL PRESENTE.
Veintiséis años habían pasado y aún se acordaba de las perdices.
El monaguillo, apoyado en el quicio de la puerta, intenta acordarse todos los versos del romance, pero la memoria le falla.

16 SECUENCIA DEL PASADO.
El cura había aplicado la crisma en la cabeza del recién nacido. Todos miraban atentamente la expresión placida del niño, pero con cierta inquietud por la duda de lo que sería su vida.
17 SECUENCIA DEL PRESENTE.
El cura reflexionaba pensando que esa nuca ahora reposaba en tierra desde hacía un año.
Reflexionando sobre la familia de Paco, el clérigo reconoce que aunque no fueran muy religiosos, siempre cumplían con sus obligaciones con la iglesia, ofreciendo dos regalos anuales, lana y trigo.

17 SECUENCIA DEL PASADO.
Entre los asistentes al banquete en honor del recién nacido se encontraba la Jerónima. Esta era la partera y sanadora del pueblo. Mujer de armas tomar y con predicamento entre el vecindario, pero inocente y supersticiosa para el cura. Acostumbraba a poner amuletos bajo la almohada de los bebés: unas tijeras abiertas, en el caso de los niños, para protegerlos de apuñalamientos; una rosa a las niñas, para darles belleza y para que las menstruaciones no fueran dolorosas. Tan seguro estaba de que la curandera había dejado estos amuletos, que cuando el dejó el escapulario debajo de la almohada encontró un clavo y una llave formando una cruz.
Su autoridad en estas materias fue puesta en entredicho delante de todos los invitados cuando llegó el médico, recién incorporado en el pueblo, y le ordenó a la vieja que no volviera a realizar ninguna cura al niño. Se enfadó mucho la hechicera e intentó sublevar a los hombres criticando al facultativo por entrar en las habitaciones de las mujeres sin llamar y sorprenderlas en paños menores. Nadie le hizo caso y el cura se alegró de la reprimenda que le echaron. Aprovechó la ocasión para adoctrinar a los asistentes recordándoles que se alejaran de las supersticiones. Alabó el porvenir del niño haciéndose la ilusión de que podía llegar a ser una eminencia eclesial. El padre lo que esperaba es que supiera administrar y labrar la hacienda.

21 SECUENCIA DEL PRESENTE.
Después de todos los sucesos violentos por los que había pasado el pueblo, la Jerónima aún vivía, pero era muy vieja y nadie le prestaba atención.
El monaguillo vigila para comprobar si llega alguien. El cura no entiende las razones por las que el templo está vacío: todos querían al difunto, excepto los ricos del pueblo.

22 SECUENCIA DEL PASADO.
El cura observaba cómo el niño iba creciendo. A los siete años, comenzó a jugar con otros niños y a ir a la escuela. El muchacho, a veces, cuando salía de clase, pasaba a ver al cura sin que nadie se lo mandara. Este detalle enternecía al religioso que, agradecido, le regalaba estampas religiosas. Para el zapatero, que veía estas visitas, era algo insólito. Decía de los curas con mucho retintín que eran personas listísimas, pues eran capaces de vivir sin trabajar.
Con respecto a los sacerdotes, algo que dejó anonadado al muchacho fue descubrir que Mosén, debajo de la sotana, llevaba pantalones.
Otro detalle que le dejó dolorido es la conducta de los animales. Un perro de su propiedad hizo huir a un gato al campo. Paco pidió a su padre que le fuera a buscar y la respuesta le dejó perplejo, pues su progenitor consideraba que probablemente ya lo habrían matado los búhos, animales que no pueden consentir la presencia de competidores en la caza por la noche.
A los siete años es una monaguillo auxiliar o suplente. Entre los chicos circulaba de mano en mano un viejo revolver. Cuando Paco se hizo con él no lo volvió a soltar; lo llevaba sujeto en el cinto. Ayudando en misa, se le cayó el arma y hubo una trifulca entre los dos monaguillos por hacerse con él. Lo volvió a coger Paco. El cura, una vez concluida la misa, le pidió que se lo entregara, pero no fue capaz de convencerlo. El niño no quería soltarlo para que ningún otro compañero peor que él la utilizara.
El siguiente paso por los sacramentos fue el de la confirmación. El obispo se presentó en el  pueblo con su ceremonial atrezo que, junto a la altura del prelado, causaron en el niño una fuerte impresión, pensando que Dios había de parecerse a la figura de ese obispo. La conversación de Pepe con él dejó bien claro a los dos religiosos cuál era el porvenir que anhelaba el chico: ser un buen labrador.
El mozalbete seguía creciendo y cometía algunas trastadas que los vecinos ocultaban a los padres para evitarles disgustos. El secreto más importante es el que sabía el cura relativo al revolver que Paco debía tener oculto en algún lugar.
El muchacho se convirtió en monaguillo auxiliar. Solo ayudaba al cura a misa cuando eran precisos dos o en ocasiones especiales, como en Semana Santa. Esta era para Paco una experiencia misteriosa. El templo se transformaba: se tapaban todos los alteres con grandes cortinas, se erigía el monumento donde se trasladaba el sagrario, sonaban las matracas en vez de las campanas, el ruido que producían “al matar judíos” en la misa de resurrección, …
También por esa época comenzó la instrucción para recibir la primera comunión. El sacerdote les aleccionaba religiosamente y les conminaba a huir de ocasiones donde se pudieran cometer pecados, como la de no acercarse a los lavaderos para no oír las conversaciones de las mujeres, admonición que lograba despertar la curiosidad por saber lo que decían.
Una experiencia vital en su infancia es el conocimiento de la existencia de personas que vivían en condiciones pésimas en unas cuevas. Ocurrió cuando acompañó a Mosén Millán a dar la extremaunción a un moribundo que habitaba en una de ellas junto a su mujer. Viendo las pésimas condiciones en las que vivían, inquirió al sacerdote por las razones por las que no se les socorría. El muchacho se quedó perplejo observando la impasibilidad de Mosén Millán y de cómo aceptaba aquella situación de miseria justificándola porque, según él, Dios la permitía.
Paco refirió a su padre a la hora de cenar la visita a la cueva junto al cura. El muchacho seguía escandalizado y su padre no fue capaz de sosegarle. Incluso, le impacientó aún más porque le dijo  que la culpa de esa penuria e injusticia tampoco era consecuencia del encarcelamiento del hijo de esa pareja de ancianos, pues consideraba que estaba preso injustamente. A consecuencia de esta experiencia, el padre le prohibió que continuara de monaguillo.

40 SECUENCIA DEL PRESENTE.
El cura reflexiona creyendo que el comportamiento futuro de Paco estuvo influenciado por su labor de monaguillo, cuando lo acompañó a dar la extremaunción a ese pobre hombre que agonizaba en la zona de las cuevas.

41 SECUENCIA DEL PASADO.
Después de la primera comunión de Paco, el muchacho dio un estirón que le hizo pasar de niño a mozo. El sobrenombre de El Molino, le venía porque un antepasado suyo tuvo uno, aunque esa profesión ya no se ejercía en la familia. El edificio en ese momento era un almacén de grano. A medida que crecía, el muchacho se fue alejando del sacerdote, aunque acudía a los oficios religiosos obligatorios, y adoptando costumbres de mozos, como jugar a los bolos los domingos por la tarde. También, como otros, acudía a las pozas donde las mujeres lavaban la ropa y se bañaban desnudos delante de ellas, conducta que no podía tolerar el sacerdote. Después de la exhibición, los padres le autorizaron a salir por las noches y a volver a casa cuando ellos ya estaban acostados.
Además, comenzó a asumir alguna responsabilidad en el gobierno de la hacienda familiar. Uno de los temas que le preocupó es el pago a un desconocido duque para que los animales pudieran pastar en un monte de su propiedad. Le pareció injusto y se lo planteó al cura por ser éste amigo de don Valeriano, el administrador del propietario. El eclesiástico justificó el orden de las cosas y le aconsejó que no se preocupara por cosas que no le importaban. Por otra parte, el mozo le volvió a sacar el tema de las condiciones pésimas en las que vivían muchas personas en el pueblo, asunto en el no quiso a entrar Mosén Millán.

45 SECUENCIA DEL PRESENTE.
El monaguillo anuncia al cura que don Valeriano acababa de entrar en la iglesia. Llevaba un chaleco que lo cruzaba una cadena de oro de la que colgaban distintos dijes. Vestía como los señores de la ciudad. Tenía un bigote que le tapaba las comisuras de los labios. Tomando unas palabras del último sermón del sacerdote, en el que pedía olvidar, se presenta allí con el ánimo de perdonar. Para ello, él mismo se ofrece a abonar el importe de la misa en honor de Paco, pero no se lo acepta el párroco. Don Valeriano era administrador de la hacienda del duque y dueño de sus propias tierras.

47 SECUENCIA DEL PASADO.
El cura recuerda la boda de Paco. El noviazgo fue una etapa tranquila en la que se forjó la solidez del matrimonio. Solo hubo una preocupación: la posibilidad de que el mozo tuviera que cumplir el servicio militar. La madre habló con el cura para que este rezara para que tuviera suerte y se librara. Mosén Millán le sugirió a la madre que su hijo saliera en la procesión de Semana Santa como penitente arrastrando dos largas cadenas de seis metros de largo. El hijo se negó. Paco no podía soportar el suplicio al que voluntariamente se sometían los penitentes para pedir perdón por una culpa o para pedir un favor. Todos ellos acababan con unos dolores inhumanos y soportando a su paso los murmullos de la gente que aireaba sus culpas. Pero el padre lo hizo por él. El cura se lo reprochó a Paco y, además le recriminó que su padre lo había hecho para no tener que contratar un mayoral que llevara las tareas del campo durante su ausencia. Al final, la suerte acompañó al mozo y se libró de ir a la mili.
El noviazgo duró dos años. Todas las mañanas, cuando salía al campo, el novio pasaba por la casa de la prometida, llamada Águeda, y siempre vio, aunque fuera temprano, las ropas oreándose en la ventana y barrida la puerta de casa. Poco a poco fueron intercambiando algunos mensajes triviales y en el baile solo hablaba con Paco.
En una noche de ronda en la que se sospecha que se iban a juntar tres grupos de mozos, el alcalde prohibió salir, pero Paco y sus amigos no obedecieron. Se encontraron con la pareja de la guardia civil y el atrevido mozo, en parte, por un descuido de los guardias y, en parte, porque los agentes no esperaban una reacción de él por ser todos amigos, les arrebató los fusiles y se fue con ellos a casa. Mosén Millán le recriminó el acto por lo grave que podía resultar para el pueblo, pues se podría quedar,  como castigo, sin la presencia de los agentes de seguridad, lo cual para el campesino no era un problema. El alcalde arregló el asunto sin consecuencias para nadie. Este comportamiento dio fama al mozo de valiente, pero a su novia le producía tremenda inseguridad.
Novia y madre no congeniaban bien por tener distinto carácter. Con todo, la boda se celebró por todo lo alto. En el sermón, hubo algunas palabras de Mosén Millán que no gustaron al novio, como que él había bendecido su lecho natal, ahora el nupcial y, en el futuro, si así Dios lo quería, el lecho mortal. Esto último no le gustó al recién casado. A la salida de la iglesia, le recibió una rondalla formada por quince músicos y un repique de campanas. La comitiva se dirigió a la casa del novio. El cura se desvistió rápidamente para unirse a ellos. De camino, se encontró con el zapatero, que no había acudido a misa por ser ateo. Era al único del pueblo al que Mosén Millán le trataba de usted. Antes de separarse, el remendón le comunicó al sacerdote que la continuidad del rey en Madrid no estaba asegurada. El presbítero no le creyó por pensar que lo había dicho bajo los efectos del alcohol.
Entre los invitados se encontraba el señor Cástulo. Regaló a los novios dos floreros envueltos en papel de periódico. Los rumores sobre la salida del rey fueron confirmados por él, por lo cual el sacerdote ya no podía dudar. Además, se aseguraba que se iban a celebrar elecciones. Ante ese nuevo panorama, el señor Cástulo maniobraba para aproximarse a las personas que probablemente en poco tiempo ejercerían la autoridad. La mejor manera de mostrar ese acercamiento se produjo cuando se ofreció llevar en su coche a los novios a la estación, pues el automóvil que cubría la línea de correo no tenía sitio para los dos recién casados.
El banquete lo presidieron los novios, los padres, Mosén Millán, don Cástulo y los labradores más ricos; al final, se situaron los mozos de la rondalla. Mosén comenzó a contar anécdotas de cuando el novio era niño para ensalzarlo.
La Jerónima y el zapatero abandonaron pronto el convite para compartir con las hilanderas del carasol unas botellas de vino. El zapatero estaba más dicharachero que de costumbre y, a parte de meterse con la Jerónima, estaba contento por la noticia de la salida del rey.

63 SECUENCIA DEL PRESENTE.
Estando con don Valeriano, el nuevo alcalde, con el que el cura  se entendía mal, oyó llegar a don Gumersindo por el ruido de las botas. Vestía de negro. Se quejaba de la ingratitud de la gente que no le reconocía su bondad. También se ofrece a correr con los gastos del oficio religioso, negándose Mosén Millán a recibir nada. Para llenar el tiempo de espera, Don Valeriano habló del precio de la lana y el cuero.

66 SECUENCIA DEL PASADO.
Siete años habían pasado desde que Paco se casara. El sacerdote rememora algunas anécdotas de la celebración nupcial. El propio señor Cástulo los llevó a la estación en su coche, mientras los invitados jóvenes se fueron hacia el baile.

67 SECUENCIA DEL PRESENTE.
La mente de Mosén Millán se regodea en el pasado para no oír la conversación de sordos del señor Valeriano y don Gumersindo.

67 SECUENCIA DEL PASADO.
Cuando regresó del viaje de novios, tres semanas después, Paco se encontró al pueblo preparado para participar en las elecciones municipales. Salió un grupo de concejales cuyo máximo interés era quitar los derechos que el duque ejercía en los pastos. El padre de Paco era uno de esos cargos. Su hijo se sintió orgulloso de que la política sirviera para mejorar la vida de las personas. Esta elección dejó perplejo a muchos. A Mosén Millán, por ejemplo, que repasando la lista de cargos se percató de que ninguno era de costumbres religiosas. El cura mandó llamar a Paco para entre otras cosas averiguar qué era eso de que intentaban no pagar al noble el arriendo de los pastos. El joven informó de todas las novedades políticas: la huida del rey de España, la pérdida de influencia de los nobles… El populacho exageró todo esto y atribuyeron al joven comentarios que no efectuó.
La huida del rey fue una noticia que afectó muchísimo a don Valeriano y al sacerdote, que procuró no salir por el pueblo durante quince días. Los vecinos se mostraban expectantes a la reacción de su párroco, pero éste no mostró su parecer en el sermón de la misa dominical, por lo cual la gente no acudió a misa al domingo siguiente.
La bandera republicana comenzó a ondear en la fachada del ayuntamiento y en la puerta de las escuelas. Don Gumersindo y don Valeriano desaparecieron del pueblo; don Cástulo buscaba la compañía de Paco el del Molino para granjearse su amistad y protección, pero, cuando se encontraba con el cura, se lamentada de la evolución de los acontecimientos.
En esos días se hubo de repetir las elecciones municipales porque don Valeriano presentó una reclamación por irregularidades. En las segundas elecciones se presentó Paco en vez de su padre y salió elegido concejal.
Por una orden gubernamental emanada desde Madrid se abolieron los bienes de señorío, por lo cual cinco pueblos, con Paco a la cabeza, decidieron no pagar el arriendo de los pastos al duque hasta que no se dirimiera el pleito en los juzgados, pues el noble había recurrido a ellos por considerar que esas parcelas no eran asimilables a las suprimidas en el decreto.
Paco se entrevistó con el administrador, don Valeriano, para comunicarle la decisión, mas éste no quiso darse por enterado y le pidió que se lo comunicara por escrito. Cuando el ayuntamiento remitió por escrito la decisión, la reacción del duque fue la de pregonar, para que todos los vecinos lo supieran, la orden dada a los guardias de que dispararan contra cualquier intruso que hollara su propiedad. Paco propuso al ayuntamiento contratar a esos hombres como agentes para el control del riego y ellos aceptaron, por lo cual los montes en litigio se quedaron sin vigilancia y el ganado pudo entrar con libertad. Ante esta situación, don Valeriano se entrevistó otra vez con Paco. En esta ocasión el tono fue conciliador; intentó hacer ver al campesino el aspecto humano de sus amos, pero Paco no se dejó influir con sus ternezas y continuó firme en la defensa de la legalidad de su actuación y dudando de que el dueño acreditara la propiedad de esos montes con algún título.
Otra preocupación constante en los plenos de la corporación municipal era la forma de ayudar a las familias necesitadas que habitan en las cuevas.

76 SECUENCIA DEL PRESENTE
El monaguillo, apoyado en el quicio de la puerta, sigue con la narración del romance. En la versión romancesca no se dice el nombre de los otros dos ejecutados junto a Paco.

77 SECUENCIA DEL PASADO.
Mosén Millán recuerda las dudas de fe de don Valeriano por permitir Dios todos los desórdenes que estaban ocurriendo. Don Valeriano y el duque habían contribuido al mantenimiento del templo y el sacerdote estaba muy agradecido por ello.
El ayuntamiento fue el encargado de la recaudación del dinero que los ganaderos pagaban por los pastos; este capital fue destinado a socorrer a los vecinos más necesitados. Por todas estas razones, Paco fue acrecentando su prestigio por ser un hombre decidido, cabal y solidario.
Otro roce, en este caso con el cura, fue la decisión de no pagar la misa que se decía en una ermita que se encontraba en la finca del duque, a la que se acudía anualmente en romería. Paco le explicó que era una cuestión derivada del conflicto con el noble y que había que ser comprensivo. Aprovechó Mosén Millán para recriminarle las amenazas que había vertido contra el propietario al que había prometido matar si aparecía en persona por allí. El joven se defendió diciendo que él nunca había proferido esas amenazas; en realidad, se las había inventado don Valeriano.
Un vecino que se mostraba nervioso también era el zapatero. Sin expresar claramente por qué estaba tan desosegado, comentaba que no le gusta el cariz de los acontecimientos. Le ofrecieron el cargo de juez de riegos, pero no quiso asumir ninguna responsabilidad pública.
Don Gumersindo había abandonado el pueblo para huir de sus conflictos. El religioso se sentía solo. Intentaba comprender a Paco, pero no podía. El joven le daba ánimos y le aseguraba que nadie se metería con él.
Sin que nadie les esperara, un día aparecieron de nuevo en el pueblo don Gumersindo y don Valeriano. Se reunían con el cura y se les veía muy confiados. Don Cástulo se aproximaba a ellos, pero no lo integraban en el círculo porque desconfiaban de él. A los pocos días se presentó un grupo de señoritos muy rasurados que comenzaron a agredir a los vecinos: al zapatero le dieron una paliza y mataron a seis campesinos que vivían en las cuevas, dejando sus cadáveres insepultos en las cunetas. El cura se quejó a don Valeriano, nombrado alcalde por estos forasteros, de que los hubieran matado sin haberlos confesado previamente. El clérigo durante esos días estuvo constantemente orando.
Durante todo este alboroto, Paco desapareció porque los violentos le buscaban. Al zapatero, después de la paliza, le volaron la cabeza de un tiro y dejaron su cuerpo en el camino al carasol. La Jerónima lloró por él y tapó su cuerpo con una sábana y, hecho esto, se recluyó en su casa para no salir de ella durante tres días. Los crímenes continuaron. Ejecutaban a las personas por la noche, sin testigos. Entre los asesinados estaban cuatro concejales. Los hombres continuaban con las faenas del campo. En ese momento estaban segando. Las mujeres seguían acudiendo al carasol criticando a las mujeres de los ricos; especialmente, se metían con la esposa de don Cástulo, a la que responsabilizan de la muerte del zapatero. Entre las mujeres se comentaba que la intención de los señoritos era acabar con todos aquellos que habían votado contra el rey.

85 SECUENCIA DEL PRESENTE.
Recordando esos días de revuelta, el cura aún se inquietaba.

85 SECUENCIA DEL PASADO.
Fueron días de una violencia tremenda que nadie controlaba. Don Valeriano, el nuevo alcalde, se lamentaba del clima de inseguridad delante de Mosén Millán; por otro lado, animaba a los forasteros a que continuaran con la limpieza de la gente indeseable.
Con el padre de Paco no se metieron porque lo protegía don Cástulo y porque esperaban encontrar a su hijo. Solo el padre sabía dónde se refugiaba. El cura visitó a la familia del prófugo y dio a entender que él también sabía el escondrijo en el que se ocultaba. Sin hablar, el padre le agradeció la complicidad y en ese clima, terminó por decirle al clérigo el sitio donde se encontraba. El cura se arrepintió inmediatamente de poseer esa información. Paco se hallaba escondido en un paraje denominado las Pardinas. El cura quiso ponerse a prueba para comprobar si era capaza de guardar el secreto. Buscó la compañía de los forasteros para demostrarse a sí mismo de que era capaz de no abrir la boca.
El pueblo estaba en un estado de incredulidad. Por una parte, veían ridículos los discursos que les hacían oír en la plaza, los aires marciales de sus movimientos… pero, por otra, viendo cómo el alcalde y el cura presidían esas reuniones, no sabían qué pensar. Lo único concreto que pudieron percibir, aparte del asesinato de sus vecinos, fue que inmediatamente restituyeron la propiedad del monte al duque.
Pasaban los días y a Paco no lo cogían. Don Valeriano se presentó en el despacho del cura para hablar del asunto. Comentaba que otros muchos por menos de lo que había hecho él, ya estaban muertos. El cura intentaba persuadirlo de que lo dejara en paz, pero, al mismo tiempo, quería impresionar al alcalde dejando entrever que sabía dónde se encontraba. En ese momento se sumó a la reunión el centurión, que escuchó la última parte de la conversación. Aprovechó este para presionar al religioso que, acorralado, agachó la cabeza confirmando que sabía el paradero. Intentó negociar con ellos para que Paco tuviera un juicio justo y no lo mataran. Sin embargo, cuando reveló el lugar donde se encontraba, todos salieron en tropel a capturarlo.
A la media hora llegó al despacho del párroco don Cástulo informando socarronamente de que habían ametrallado a las mujeres del carasol. No podía entender su actitud hiriente y burlona, pero, comparando lo que él había hecho, se percató de que su traición era aún más reprobable.
Al día siguiente, el centurión pidió al cura que mediará ante Paco, ya que cuando lo fueron a capturar los recibió a tiros con una de las carabinas incautadas a los guardas del monte del duque y había herido a dos de sus hombres.

92 SECUENCIA DEL PRESENTE.
Entró en la sacristía el señor Cástulo. Mosén Millán recuerda cómo se rio del fusilamiento de las mujeres en el carasol hace un año. El monaguillo ha dado el último toque de campanas antes de comenzar la misa.  Don Cástulo también se ofrece a pagar la ceremonia. El cura aparenta rezar para no mantener conversación con ellos.
El monaguillo, que sigue recitando el romance, entra en la sacristía alarmado diciendo que hay un animal en la iglesia. Los tres hombres reconocen al potro de Paco el del Molino, que anda suelto por el pueblo desde hacía un tiempo a consecuencia de las desgracias que se habían apoderado de su familia: el padre, enfermo, y las mujeres de la casa, todas locas, por lo cual, su hacienda estaba descuidada y abandonada.
El cura pregunta al monaguillo si había dejado la puerta abierta del atrio, pero los tres únicos feligreses que han acudido, aseguran que estaba cerrada, por lo cual deducen que alguien había metido al animal intencionadamente. Entre todos intentan acorralar al caballo para guiarlo a la salida. Solo lo logran cuando abren las puertas de par en par. Cuando sale, los tres ricachones se sientan en el primer banco. El monaguillo comunica que el animal ha salido y que no hay otras personas que las que ya han llegado.

97 SECUENCIA DEL PASADO.
El cura acompañó a los forasteros hasta las Pardinas, el paraje en el que se escondía Paco. Le dejaron solo para que parlamentara con el fugitivo. Paco les apunta con su carabina. El sacerdote le pide que se entregue, pero el otro prefiere antes morir. Le pregunta al sacerdote cómo se encuentra su familia y éste le asegura que bien, pero le hace plantearse que, si sigue con esa actitud, a lo mejor pueden tener problemas. Paco sele de su refugio y, ante la presencia del religioso, quiere saber si había matado a alguno en el asalto del día anterior. Se tranquiliza cuando sabe que no había herido a nadie.
Aunque aún le queda suficiente munición, el fugitivo se deja convencer de que es mejor que se entregue. Mosén Millán había pedido que le juzgaran y que si era culpable de algo, que fuera a la cárcel. En todo caso, le recuerda que su familia no tiene la culpa y está sufriendo. Al final, se rinde y lo llevan al pueblo maltratándole durante todo el camino. Iba cojeando y atadas las manos a la espalda. Lo encerraron en la cárcel del municipio.
Los forasteros reunieron a los vecinos en la plaza profiriendo proclamas sobre el destino de la nación y les hicieron cantar el Cara al sol. Cuando se retiraron a sus casas, sacaron a Paco y a otros dos prisioneros y los llevaron al cementerio, donde llegaron a media noche. Los situaron junto a las tapias para fusilarlos, pero el centurión se acordó a última hora de que no se habían confesado y mandaron llamar al sacerdote. Este fue conducido allí en el coche del señor Cástulo (que lo había cedido a las nuevas autoridades).
Cuando se percató del motivo por el cual había sido requerido, sintió desaliento. Sin bajarse del automóvil, que hacía de confesionario, absolvió a uno de los condenados que había trabajado de jornalero para Paco. Este fue el último en presentarse ante el cura al que le reprocha que le haya engañado. El cura intenta que olvide y que se centre en su alma. Paco, sin embargo, insiste en su inocencia y, en todo caso, si le acusan de haberse defendido en las Pardinas, que no castiguen a los otros dos que no estuvieron allí con él. El reo, agarrado a la sotana, se pregunta qué será de su mujer que está esperando un hijo. En una disputa frenética, el cura es capaz de buscar el arrepentimiento de los pecados del penado, momento en que le absuelve y termina la confesión arrastrándolo hasta el paredón para ser fusilado inmediatamente. Paco, herido, aún tiene fuerzas para dirigirse hacia el coche e imprecar al cura, que, con los ojos cerrados, tan solo es capaz de rezar. Paco es alejado del automóvil para ser rematado. En ese momento, el cura desciende del coche para, con la ayuda del monaguillo, dar la extremaunción a los tres fusilados. Las pertenencias de Paco, un reloj y un pañuelo, son entregadas al religioso.
Después de estos sucesos, Mosén Millán se recluyó en la abadía sin salir de ella no siendo para decir misa.

105 SECUENCIA DEL PRESENTE.
Tan presente está esa experiencia en su mente, que aún cree tener manchada la sotana.
El monaguillo acaba el recitado del romance. El cura se acuerda de las pertenencias de Paco, custodiadas por él en un armario de la sacristía por no atreverse a entregarlas a la viuda.
Comenzada la misa, el único consuelo del cura es pensar que Paco nació, vivió y murió en el seno de la iglesia.





[1]     Misa de difuntos (o misa de réquiem). Misa que se celebra por un difunto y en la que el cadáver no está presente.

ARGUMENTO DE "CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA" DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ.


CAPÍTULO I.
Después de 27 años de la muerte de Santiago Nasar, uno de sus amigos investiga y narra las circunstancias que rodearon esa muerte. Para ello entrevistará a distintos testigos y a las personas más cercanas a los protagonistas del suceso. El relato se organiza como si de una crónica periodística se tratara. Así, en este primer capítulo se narran los hechos fundamentales.
Santiago Nasar, de 21 años, era de origen árabe. Se trataba de un joven apuesto y uno de los más hacendados del pueblo. Fue asesinado al amanecer un lunes de febrero, en un pueblo del Caribe, la misma jornada en que sus habitantes esperaban la visita pastoral de su obispo.
El protagonista se levantó a las cinco y media con una fuerte resaca como consecuencia de la noche de juerga vivida con sus amigos a propósito de los fastos de una boda recién celebrada. Antes de salir de casa a las seis y cinco, por la puerta que daba a la plaza y que casi nunca utilizaba, habló con su madre, Plácida Linero, que se encontraba aún acostada. La madre no fue capaz de interpretar el sueño que su hijo le contó, que consistía en que un pájaro le defecaba encima. Antes de salir, en la cocina, intenta coquetear con Divina Flor, la hija adolescente de Victoria Guzmán, pero ésta, que había sido la amante del padre de Santiago, se interpone y le jura que no le permitirá que le ponga una mano encima. Las dos mujeres sabían que los hermanos Vicario lo estaban esperando para matarlo, pero no se lo dijeron porque la niña no se atrevió a contárselo y porque la madre no creyó los rumores que corrían a esas horas, o porque en el fondo deseaba que lo mataran. Al salir de casa, ni Santiago, ni Divina Flor, que le abrió la puerta, vieron un sobre con una carta, descubierta días más tardes del suceso, en el que alguien le avisaba de que lo estaban esperando para matarlo.
Cuando Santiago Nasar cruzaba la plaza, Clotilde Armenta, la dueña de la tienda, logra convencer a los hermanos Vicario de que no lo mataran mientras durase la visita del obispo, cuyo barco acababa de llegar a la altura del pueblo. Le hacen caso. Santiago se encamina al puerto. Pero el barco no se detendrá; el prelado tan solo les dará la bendición desde la embarcación. Decepcionado el gentío se retira.
En el muelle se hallan congregados multitud de personas que conocían las intenciones de los hermanos Vicario, pero nadie, ni tan siquiera el alcalde, ni el cura lo avisan. Santiago Nasar queda con Margot, la hermana del narrador, para desayunar en su casa, pero antes decide cambiarse de ropa, cosa que no quería Margot. Ésta, antes de llegar a casa, se entera de que van matar a Santiago. Al decírselo a LUISA SANTIAGA, su madre, sale corriendo a avisar a Plácida Linero, pero antes de llegar alguien le dice que no se moleste, que ya lo habían matado.

CAPÍTULO II.
Se cuenta cómo llegó al pueblo BAYARDO SAN ROMÁN, un forastero del que se contaron mil historias y que terminó siendo hijo de un famoso general que luchó en las guerras civiles. Se trata de un hombre de unos treinta años, apuesto y rico. Nada más llegar se enamora de ÁNGELA VICARIO al verla cruzar la plaza junto a su madre, vestidas las dos de luto. La familia de la chica es pobre. Su padre es ciego; su madre había sido maestra. Ángela no siente la más mínima atracción por Bayardo, pero esta causa no impide que se case con él, pues, como dice su madre, el amor también se aprende. El noviazgo fue muy breve para los usos de la época. Una vez apalabrada la boda, Bayardo busca una casa donde vivir. Se encapricharon de la mejor, que pertenecía al VIUDO XIUS, que se opuso a vender en un principio y que, al final, accedió a desprenderse de ella por diez mil pesos.
A la novia se le plantea el problema de la pérdida de su virginidad. Las amigas la convencen para que no anule el compromiso por esa causa y le dan consejos para confundir a su esposo la noche de bodas.
El compromiso matrimonial se celebra por todo lo alto participando de la fiesta todo el pueblo. La familia del novio vino en el buque de ceremonias del Congreso nacional. Los recién casados hubieron de habilitar algunas dependencias para acoger a los regalos que recibieron. Los Vicario tuvieron que alquilar algunas casas anejas a la propia para poder desarrollar el programa de festejos.
La juerga se prolongó hasta después de la marcha de los familiares del novio. En la memoria colectiva quedaron esas fiestas como una experiencia inolvidable. El grupo de amigos de Santiago se dirigió a media noche a la casa de citas regentada por MARÍA ALEJANDRINA CERVANTES. Los novios también se retiraron a su mansión. Pero el escándalo surge pronto: el novio devuelve a la novia, con las ropas hechas una piltrafa, a sus padres. La madre cuando se quedó sola con la hija, la pegó durante dos horas. Sus dos hermanos también se presentaron en casa y le preguntaron con quién había perdido la virginidad. Ángela Vicario tardó poco en decirlo: Santiago Nasar.

CAPÍTULO III.
Los protagonistas de este capítulo son sobre todo los hermanos Vicario, los asesinos de Santiago Nasar. Avisados de la desgracia familiar, se presentan en casa para saber quién había sido el causante de la deshonra. Después de averiguarlo, comienza el ritual del sacrificio. Buscan los cuchillos de matarifes en las pocilgas donde criaban cerdos. Sin cambiarse de ropa se dirigen a al mercado a afilar la herramienta. Los que le vieron se sorprendieron y pensaron que aún seguían inmersos en la celebración de la boda. Sin embargo, pronto confiesan su intención: matar a Santiago Nasar. Las declaraciones son contradictorias en cuanto al lugar al que le fueron a buscar. No obstante, parece ser que no pasaron por la casa de prostitución de María Alejandrina Cervantes.
Determinados a acabar con la vida de Santiago, no ocultan a nadie sus intenciones. El alcalde se enterará por un agente que había ido al mercado a comprar para el mandatario una libra de hígado. Clotilde Armenta, en cuya tienda esperan los hermanos a su víctima por estar muy cerca de su casa, manda recado a cuantas personas puede para que impidan la muerte. Esta mujer confiesa que tuvo la sensación de que los verdugos hicieron todo lo posible para que alguien les quitara la carga de la venganza.
A las cinco de la mañana el alcalde se pasó por la tienda de Clotilde para regañar a los jóvenes no por sus intenciones, sino porque el obispo les viera borrachos. Les quitó los cuchillos y no se preocupó de más. Sin embargo, los hermanos regresaron a casa a buscar otros cuchillos, éstos más viejos. Volvieron a afilarlos. La determinación no era tanta en ellos, pero no les quedaba más remedio que cumplir su misión. Antes de regresar a la tienda de Clotilde, entran tomar café en casa de PRUDENCIA COTES, la novia de Pablo Vicario. Esta los anima a que cumplan con su deber como hombres.
Mientras Santiago Nasar y el propio narrador estuvieron en casa de María Alejandrina hasta las tres, momento en el que se marcharon. Todos juntos se fueron a rondar por el pueblo hasta que llegaron a la casa de los recién casados para darles la serenata, pero no se percataron de que la novia ya había sido devuelta a sus padres. A las cuatro y media Santiago se retiró a dormir por lo menos una hora antes de la llegada del obispo.
Mientras por la plaza, camino del puerto, pasó el padre AMADOR sin detenerse a hablar con los hermanos Vicario, con lo cual Clotilde perdió toda esperanza de que alguien detuviera la desgracia en cierne.
CAPÍTULO IV.
Los asesinos se refugian en la iglesia para evitar ser linchados por la comunidad árabe. Posteriormente son recluidos en el calabozo donde lo pasarán muy mal. Uno no puede orinar y el otro le entra una descomposición tal que piensan que ha sido envenenado. Además, a pesar de llevar varias noches sin pegar ojo, no pueden conciliar el sueño durante meses.
La familia Vicario huyó del pueblo en secreto para no volver jamás. La madre de la novia dispuso que ésta se vistiera de rojo para demostrar que no guardaba luto al amante muerto. Y, después de tres años encarcelados, los hermanos fueron puestos en libertad.
Santiago Nasar, olvidado de todos, se recluyó en la quinta del viudo Xius y permaneció borracho durante varios días hasta que el alcalde se percató de su ausencia. Mandó llamar a su familia y se lo llevaron medio muerto en unas angarillas. La casa, con todas sus pertenencias, quedó allí a merced de quien subía por esos parajes.
Ángela Vicario ejerció el oficio de costurera el resto de su vida en un pueblo olvidado. Llevó una vida digna y no ponía reparos en contar su vida, excepto proporcionar detalles de la persona que fue su amante. Después de unos años, por casualidad, vio de nuevo a su marido en un hotel de Riohacha, donde se había mudado su familia, y se enamoró de él inesperadamente; Bayardo San Román no se percató de su presencia. A partir de esa fecha recibió por lo menos una carta por semana de ella. Después de diecisiete años se presentó en casa de Ángela con una maleta donde estaban todas las cartas sin abrir decidido a vivir con ella.
CAPÍTULO V.
Se narran los últimos instantes de Santiago Nasar a partir de los testimonios de varias personas cercanas a él. La mayoría de los que pudieron evitar el crimen y no lo hicieron se disculpan con el pretexto de que los asuntos de honor son estancos sagrados a los cuales solo tiene acceso los dueños del alma. El investigador narrador busca los legajos donde se recogía la instrucción sumarial. En sus hojas hay anotaciones del juez que investigó los hechos que reflejan la perplejidad del magistrado: “Nunca me pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas casualidades prohibidas a la literatura para que se cumpliera sin tropiezos una muerte tan anunciada. Hasta en los últimos instantes los hermanos Vicario, desde la tienda de Clotilde, le enviaron avisos para que supiera sus intenciones, como, por ejemplo, con Indalecio Pardo, uno de sus mejores amigos. Pero éste vio a Santiago y a Cristo Bedoya caminando tan tranquilos que supuso que ya estaba enterado de la intención de los Vicario. Algo parecido le sucedió a Yamil Shaium, un árabe, que no se atrevió a comunicárselo por miedo a que no fuera verdad los rumores que corrían y se alarmase sin razón; tan solo se lo comunicó a su amigo Cristo Bedoya. Cuando éste trató de alcanzarlo, ya lo había perdido de vista. Se dirigió a su casa; incluso, subió a su dormitorio, mas no le halló allí. Al pasar por la plaza, los gemelos comunicaron sus intenciones a Cristo Bedoya. Éste se encontró con el alcalde, pero la autoridad tardó en tomar una resolución y no llegó a tiempo. El amigo se dirigió a casa del narrador esperando encontrarlo desayunando y en ese intervalo lo acuchillan.
Santiago, en vez de dirigirse a su casa, había entrado a ver a su novia FLORA SAN MIGUEL, con la que estaba comprometida desde pequeño por acuerdo de sus padres. Flora se había enterado de las acusaciones que recaían sobre su novio y lo esperaba con las cartas “sin amor” que Santiago le había escrito para devolvérselas. Éste no sabía a qué se debía la reacción de encerrarse de inmediato en su habitación. Solo le abrió la puerta a su padre, NAHIR MIGUEL, al que contó lo ocurrido y a su vez éste se lo cuenta a Santiago que reacciona como si no supiera nada. Y se va de la casa sin la escopeta que su suegro le entrega para defenderse.

En la calle, entre la multitud, otro árabe le grita para que se refugie en su comercio, pero Santiago no reacciona. Finalmente se decide a correr hacia la puerta de la cocina y en el último instante cambió de idea para dirigirse a la puerta principal que daba a la plaza. Inesperadamente la puerta se cerró por dentro por órdenes de su madre, que había imaginado que su hijo ya había entrado por la puerta de la cocina. Sin escapatoria alguna, Santiago es asesinado por los hermanos Vicario, aunque consigue llegar aún vivo dando la vuelta a la casa hasta la cocina llevando las tripas fuera.