sábado, 22 de enero de 2011

Divertidas fiestas navideñas.

Desde hace varios años en España se celebran las Navidades con cenas, comidas, regalos, villancicos… Cuando llegan esas fechas todo el mundo está nervioso; pero yo no veo por qué. Son unas fechas para estar feliz, disfrutar de los días junto a tu familia y amigos; además son las fechas para despedir un año y dar la bienvenida a otro nuevo y mejor. Muchas familias se reúnen en  Noche Buena, Navidad, Noche Vieja, Año Nuevo y Reyes. Una de esas familias que se junta es la mía. Nos reunimos todas las fiestas, pero la mejor es la del 31 de diciembre. Esa noche cenamos en casa de mi abuela materna ya que la casa es enorme y hay sitio para todos. Mi madre, mi tía y yo solemos ir antes para ayudar en los preparativos. El menú es un paté exquisito, un pudding de cabracho que sabe como si estuvieras comiendo una tarta, langostinos, embutido, rabas y carne o pescado, depende de la persona. Mi tío y mi padre siempre eligen carne porque es solomillo, pero siempre se pelean para que no se lo cocinemos mucho pues dicen que le quitamos ese sabor de pura carne que tiene. De postre, a parte del turrón, mazapán…, mi abuela prepara una tarta riquísima; la llamamos “La tarta de la abuela” y lleva flan, chocolate y galletas. Cuando la comes parece que te lleva a la otra parte del mundo que siempre has querido ir, porque está deliciosa. A la hora de tomar las uvas, cuando ya estaban a punto de empezar, mi primo tropezó y tiró las uvas de mi plato. Todo el mundo se echó a reír mientras yo corría detrás de las uvas. Había recuperado once; me faltaba una pero estaba debajo del sofá y no la podía alcanzar, así que dije: "¡Mala suerte! Por lo menos tengo once". Empezaron a dar las campanadas. Iba comiendo hasta que llegaron a la última, miré mi plato y me quedaban cinco, ¡y eso que solo eran once! Pero bueno, lo que cuenta es la intención.