martes, 25 de enero de 2011

¡FUN! ¡FUN! ¡FUN!...


Veinticuatro de diciembre, ¡FUN! ¡FUN! ¡FUN!... Sé que la canción no es así, pero las Navidades empiezan ahí.
El día de Noche Buena no comienza por la noche, sino a las cuatro de la tarde con mi madre con el delantal puesto y de peluquería, haciendo la cena, por lo que ese día nos conformamos con comer una pizza del Carrefour, porque no nos deja ni merendar.
Este año nos ha tocado hacerlo en nuestra casa, porque somos los que más sillas tenemos. A las siete de la tarde comienzan a venir los familiares. Mis tíos traen a mi abuelo en zapatillas, -que ya ni le calzan en los días especiales-, esas zapatillas que solo las pueden calzar los que son del Inserso, y por último llega mi tío con una piña, que, claro, somos veinte y mi hermano mayor le dijo que a dónde va el espabilado, que cómo no la sorteáramos, nada.
Lo peor de esta Noche Buena es que me ha tocado el taburete y la pata de la mesa; además, desde mi posición poco estratégica, no llegaba ni a los langostinos ni al jamón de pata negra. No me quedó otra que alimentarme a base de paté de pimienta y de aceitunas rellenas.
Después de una semana a base de eno de frutas, llega la noche en que todo se hace deprisa, Noche Vieja. Todos estamos nerviosos. Mi madre, al igual que en Noche Buena, empieza a hacer la cena a las cuatro de la tarde, pero hay un cambio:  tiene un look fantasía, se ha puesto mechas y lleva mucha purpurina.
Esta vez el abuelo lleva zapatillas grises; yo creo que ésas son las de fiesta. Este día es muy especial para mi madre: su hija de dieciséis años tiene que salir, y si sale, mi madre está preocupada y mi padre cabreado.
A las doce menos diez, comienza el gran debate, dónde ver las campanadas; dejamos al abuelo elegir, y como es un poco viciosillo, pusimos a Sara Carbonero.
Después de las uvas, mi padre dijo que hasta la una y media no se salía y mi madre con la excusa, a las doce y veinticinco cerró el chiringuito para que la niña se arreglase.
Otra semana más a base de eno de frutas hasta Reyes.
Llega el día de Reyes, donde los niños que horas antes estaban muy ilusionados, pierden ese brillo en los ojos al abrir los regalos y descubrir que ahí no está ni la play 3 ni el gormity que se pidieron, sino un par de calzoncillos, una bufanda y unas zapatillas parecidas a las del abuelo, regalo del mismo.
En fin, prefirieron el jamón de pata negra, a la ilusión de mis primos. La crisis llega a todos los lados.

lunes, 24 de enero de 2011

Verbo, el jefe.


(Los personajes de esta narración son las palabras de la oración)

Un importante empresario, Verbo, era jefe de varias empresas, y su misión era muy dura, pues siempre tenía que indicar cómo habían de funcionar todos sus trabajadores.
En sus empresas había buenos empleados: adverbios, sustantivos, adjetivos…
Los adjetivos siempre decían que era majo, pero muy duro como jefe.  Los adverbios estaban de acuerdo con los adjetivos, y recalcaban además  que era muy simpático.
El papel que cumplían los sustantivos y pronombres siempre estaba cubierto, pues cuando le fallaba un sustantivo estaba presente un pronombre, y cuando le fallaba un pronombre, estaba el sustantivo.
Una de las empresas de Verbo estuvo a punto de ser cerrada porque los pronombres quisieron destacar y sustituir siempre a los sustantivos, no solo cuando era necesario. Se pusieron a realizar su trabajo más el de los sustantivos, lo que llevó a que las tareas resultaran redundantes, ya que ambos desempeñaban la misma función en la empresa. Desde ese momento, el rendimiento de todos los empleados se descontroló, ya que era un trabajo en cadena, y nada tenía sentido. Cuando Verbo se enteró, inmediatamente les puso a todos las pilas y les indicó nuevamente lo que tenían que hacer, advirtiendo que cada uno debía desempeñar su  función, y que era absurdo que realizaran la que no les correspondía, ya que solo iba a servir para descontrolar  a los demás trabajadores.

sábado, 22 de enero de 2011

Divertidas fiestas navideñas.

Desde hace varios años en España se celebran las Navidades con cenas, comidas, regalos, villancicos… Cuando llegan esas fechas todo el mundo está nervioso; pero yo no veo por qué. Son unas fechas para estar feliz, disfrutar de los días junto a tu familia y amigos; además son las fechas para despedir un año y dar la bienvenida a otro nuevo y mejor. Muchas familias se reúnen en  Noche Buena, Navidad, Noche Vieja, Año Nuevo y Reyes. Una de esas familias que se junta es la mía. Nos reunimos todas las fiestas, pero la mejor es la del 31 de diciembre. Esa noche cenamos en casa de mi abuela materna ya que la casa es enorme y hay sitio para todos. Mi madre, mi tía y yo solemos ir antes para ayudar en los preparativos. El menú es un paté exquisito, un pudding de cabracho que sabe como si estuvieras comiendo una tarta, langostinos, embutido, rabas y carne o pescado, depende de la persona. Mi tío y mi padre siempre eligen carne porque es solomillo, pero siempre se pelean para que no se lo cocinemos mucho pues dicen que le quitamos ese sabor de pura carne que tiene. De postre, a parte del turrón, mazapán…, mi abuela prepara una tarta riquísima; la llamamos “La tarta de la abuela” y lleva flan, chocolate y galletas. Cuando la comes parece que te lleva a la otra parte del mundo que siempre has querido ir, porque está deliciosa. A la hora de tomar las uvas, cuando ya estaban a punto de empezar, mi primo tropezó y tiró las uvas de mi plato. Todo el mundo se echó a reír mientras yo corría detrás de las uvas. Había recuperado once; me faltaba una pero estaba debajo del sofá y no la podía alcanzar, así que dije: "¡Mala suerte! Por lo menos tengo once". Empezaron a dar las campanadas. Iba comiendo hasta que llegaron a la última, miré mi plato y me quedaban cinco, ¡y eso que solo eran once! Pero bueno, lo que cuenta es la intención.